Interfaces Cerebro-Computador: cuando pensar puede convertirse en acción

Redacción

Durante mucho tiempo, cuando alguien decía que podía mover un objeto con la mente, la escena pertenecía más a una película de ciencia ficción que a un laboratorio. Hoy la realidad empieza a acercarse, poco a poco, a esa idea.

Las llamadas interfaces cerebro-computador, conocidas como BCI por sus siglas en inglés, están desarrollando una tecnología capaz de interpretar determinadas señales del cerebro y convertirlas en órdenes para un ordenador, una prótesis o incluso un dispositivo externo. Dicho de una manera mucho más sencilla: el cerebro piensa una acción y una máquina intenta entender ese pensamiento para ejecutarlo. Y para algunas personas que han perdido por completo la capacidad de mover brazos o piernas, esto puede significar algo tan extraordinario como volver a comunicarse, manejar un ordenador o controlar una extremidad robótica.

El cerebro sigue dando órdenes

Para entender cómo funciona, podemos imaginar nuestro cerebro como una enorme central de comunicaciones. Cuando queremos coger una taza, por ejemplo, nuestro cerebro genera las señales necesarias para que los músculos del brazo y de la mano se muevan. En condiciones normales, esas órdenes viajan desde el cerebro a través de la médula espinal hasta los músculos. Pero algunas lesiones graves pueden interrumpir ese camino. El cerebro sigue queriendo mover la mano, pero la orden ya no consigue llegar a su destino. Aquí entra en juego una BCI.

Algunos sistemas experimentales utilizan pequeños dispositivos colocados en determinadas zonas del cerebro para registrar la actividad de las neuronas relacionadas con el movimiento. Un ordenador analiza esas señales y aprende a asociarlas con determinadas intenciones. Si la persona piensa en mover el cursor hacia la derecha, por ejemplo, el sistema intenta reconocer el patrón cerebral correspondiente y mueve el cursor. No hace falta decirlo en voz alta. No hace falta utilizar las manos. La intención se convierte en una orden digital.

¿Es realmente leer el pensamiento?

Aquí conviene hacer una aclaración importante. Aunque suene espectacular, estas tecnologías no están leyendo todos nuestros pensamientos como si el cerebro fuera un libro abierto. No saben, por ejemplo, qué estamos pensando durante todo el día, qué recuerdos tenemos o qué estamos imaginando. Lo que hacen determinados sistemas BCI es detectar patrones de actividad cerebral asociados a acciones concretas que han sido previamente entrenadas. Es más parecido a enseñar a un ordenador un nuevo idioma que a instalar una máquina que puede entrar directamente en nuestra cabeza. La persona piensa en determinados movimientos o acciones y el sistema aprende poco a poco a reconocer esas señales.

Volver a escribir sin utilizar las manos

Uno de los avances que más sorprenden tiene que ver con algo tan cotidiano como escribir. Para una persona que no puede mover las manos, utilizar un teclado convencional puede ser imposible. Sin embargo, algunos participantes en investigaciones con BCI han conseguido controlar un cursor o sistemas de escritura mediante señales cerebrales. La idea es sencilla: imaginar determinados movimientos puede permitir seleccionar letras, mover un cursor o producir texto en una pantalla. Para alguien que puede utilizar un teléfono móvil en cualquier momento, quizá parezca poca cosa. Pero imaginemos no poder mover los dedos, no poder hablar y depender de otra persona para expresar incluso una necesidad básica. En ese contexto, poder escribir una frase pensando en cómo hacerlo puede cambiar completamente la vida cotidiana.

Y las extremidades robóticas

La investigación va incluso más allá de las pantallas. Los científicos están trabajando para que las señales cerebrales puedan controlar brazos y manos robóticas. La persona intenta realizar un movimiento y el sistema interpreta esa intención para producirlo mediante una prótesis o un dispositivo externo. Todavía estamos lejos de tener un brazo robótico que funcione exactamente como una mano humana. Hay entrenamiento, errores, retrasos y muchas limitaciones. Pero los resultados obtenidos hasta ahora muestran algo fundamental: el cerebro puede proporcionar información suficientemente precisa como para ayudar a controlar dispositivos externos. Y eso abre una puerta enorme.

Una tecnología que también busca devolver la comunicación

Quizá uno de los usos más emocionantes sea ayudar a personas que han perdido la capacidad de hablar. Algunos sistemas experimentales buscan interpretar señales cerebrales relacionadas con el intento de hablar y transformarlas en palabras mediante un ordenador. La persona no necesita emitir necesariamente el sonido. El sistema intenta identificar la intención comunicativa y convertirla en texto o voz sintética. Pensemos por un momento en lo que significa poder decir “tengo frío”, “quiero agua”, “te quiero” o simplemente mantener una conversación cuando los músculos necesarios para hablar ya no responden. Ahí la tecnología deja de parecer un experimento futurista y adquiere una dimensión profundamente humana.

¿Estamos ante el futuro?

Probablemente sí, aunque todavía queda muchísimo camino. Las BCI continúan siendo una tecnología en investigación y muchos de estos sistemas se están probando en ensayos clínicos con un número reducido de personas. Existen importantes retos relacionados con la seguridad, la precisión, la duración de los dispositivos y la facilidad de uso. También aparecen preguntas difíciles: ¿quién controla los datos del cerebro?, ¿cómo se protege esa información?, ¿qué ocurre si una tecnología falla?, ¿será accesible para todo el mundo? Son cuestiones que tendrán que resolverse al mismo tiempo que avanza la tecnología. Porque quizá la parte más interesante de las interfaces cerebro-computador no sea conseguir que una persona controle una máquina con la mente. Quizá sea conseguir que alguien que perdió una capacidad pueda recuperar una pequeña parte de su independencia. Escribir una palabra. Mover un brazo. Elegir una letra. Decir algo sin pronunciarlo.

Acciones que para muchos son automáticas y que, gracias a estas tecnologías, podrían volver a estar al alcance de personas para quienes durante años parecían imposibles.

Y eso sí que parece ciencia ficción. Solo que esta vez, está ocurriendo de verdad.

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