Leonardo y la mirada que revela la belleza

Por Carlos Matilla Reyes del Pulgar

Me confieso leonardesco, admirador de la genialidad y la genuidad del eximio personaje, paradigma del Renacimiento que, se ocupó de amplias facetas del saber, desde el Arte, Ingeniería, Biología, Anatomía, Astronomía, como curiosidad poco conocida también de la Gastronomía, de hecho tuvo un pequeño restaurante en el Ponte Vecchio de Florencia, su socio no era otro que su amigo Sandro Botticelli el nombre del local “La enseña de las tres Ranas”, la referencia al anfibio está motivada por su utilización para potabilizar el agua. El restaurante fue efímero, ya que las recetas se presentaban en pequeñas raciones, en una época en la que los comensales florentinos buscaban lo contrario.

Pero este fracaso, no impidió que Leonardo mantuviera el interés por la cocina y de hecho inventó varios utensilios al efecto, como el tenedor de tres puntas, la servilleta o el asador automático “girarrostro” que, aparece diseñado en su obra “Codex Atlanticus”, junto a una serie de recomendaciones dirigidas a los comensales en general que, firmaría un buen nutricionista hoy en dia:

No comas cuando no tengas hambre, y cena siempre ligera; mastica bien, y emplea únicamente ingredientes sencillos bien cocinados. El vino debe tomarse con mesura, en pequeñas porciones pero a menudo, no fuera de la comida o con el estómago vacío”.

Pero después de la introducción, me detendré en un aspecto introspectivo del personaje, su mirada, de la mano de Clara Janés, nacida en Barcelona en 1940 poetisa, ensayista, traductora, ocupa el sillón “U” de la RAE desde 2015, ha dedicado una parte decisiva de su actividad a investigar los vínculos entre poesía, conocimiento, naturaleza y espiritualidad.

Entre sus trabajos más originales se encuentra “Leonardo da Vinci: El hombre, la naturaleza, la mirada”, una obra que ofrece una aproximación singular al genio renacentista, alejada de los enfoques habituales respecto a sus facetas de inventor, artista o científico. El libro fue publicado en 2014 en un momento de renovado interés por la figura de Leonardo da Vinci, en la obra Clara Janés indaga en una visión humanista y contemplativa respecto a Leonardo, centrada en la relación entre naturaleza, conocimiento, belleza y unidad.

Resulta pertinente reflexionar sobre esta obra, por la calidad literaria y porque su análisis mantiene una notable vigencia. La reflexión de Janés sobre Leonardo resulta original dentro del amplio panorama de estudios dedicados al artista florentino. Nos presenta a Leonardo como un hombre que hizo de la atención una forma de conocimiento y de la contemplación un camino hacia la unidad profunda de lo real. Aparece el artista como un testigo privilegiado de la armonía que vincula naturaleza, belleza, proporción y verdad.

La pregunta fundamental que propone Janes respecto a Leonardo es cómo miraba el mundo; porque su originalidad reside en sus conocimientos, pero también una forma de atención capaz de descubrir la unidad profunda que vincula cada objeto y cada sujeto con la realidad.

Su mirada nace del asombro, esa actitud que Aristóteles situó en el origen de toda Filosofía. Leonardo observa el vuelo de las aves, el movimiento de las aguas, las proporciones del cuerpo humano o el crecimiento de las plantas movido por una curiosidad que busca aprehender la naturaleza. La experiencia constituye para él la fuente primera del conocimiento: “La sabiduría es hija de la experiencia”.

Gracias a esa atención sostenida descubre que la naturaleza no es una suma de objetos aislados, sino una totalidad viva atravesada por relaciones y correspondencias. Los mismos principios aparecen en la anatomía humana, en las corrientes de los ríos, en las ramas de los árboles o en la formación de las nubes.

La fascinación renacentista por la proporción responde precisamente a esta intuición. El Hombre de Vitruvio expresa la convicción de que el ser humano participa de la misma armonía que estructura el cosmos. La belleza más que una impresión subjetiva es una manifestación visible de un orden profundo.

La obra de Janes nos invita a la reflexión sobre distintas cuestiones, en este contexto, las matemáticas adquieren una dimensión que trascienden el cálculo. Desde los pitagóricos hasta Kepler, las relaciones numéricas fueron consideradas una huella de la inteligencia creadora. La geometría, las proporciones y las simetrías revelan que la realidad posee un orden inteligible que no puede ser fruto de la casualidad, aquí entramos en un terreno abonado por la Metafísica y la la Filosofía de la Ciencia y las matemática se convierten así en lenguaje de la creación.

Goethe reconoció una intuición semejante cuando escribió: “Todo lo transitorio no es más que un símbolo”.

La naturaleza no es un conjunto de hechos dispersos; es la manifestación visible de una unidad invisible. Leonardo observa esa unidad; Goethe la contempla en la metamorfosis de las formas vivas; y otro intelectual Leibniz la fórmula filosóficamente cuando afirma que cada realidad es: “un espejo vivo del universo”.

Nada existe de manera aislada, cada parte expresa el todo desde una perspectiva singular. El universo aparece así como una inmensa red de relaciones cuya coherencia remite a un principio unificador.

Sin embargo, el análisis de la armonía exige algo más que inteligencia. Exige silencio. La contemplación constituye el punto de encuentro entre Ciencia, Filosofía, Poesía y Mística. Antes de interpretar hay que mirar; antes de explicar, escuchar, el silencio permite que la realidad se manifieste sin quedar inmediatamente reducida a nuestras categorías.

María Zambrano expresó esta actitud con una frase memorable: “La mirada es la primera forma de amor”.

Sólo se conoce verdaderamente aquello que se contempla con respeto y profundidad; la verdad no se conquista; se recibe.Esta dimensión resulta esencial para comprender la lectura de Clara Janes sobre Leonardo; un hombre que aprendió a escuchar la música secreta del mundo.

La pregunta final surge entonces de manera inevitable: si el universo manifiesta orden, belleza, proporción e inteligibilidad, ¿cuál es el fundamento de esa armonía? Aunque Leonardo no responde explícitamente; toda su obra apunta hacia una inteligencia creadora cuya huella se revela en las formas de la naturaleza. Leibniz la identifica con Dios; Goethe la percibe en la vida misma del cosmos; Zambrano habla de una verdad que se revela a la mirada amorosa; Clara Janés la evoca como una unidad profunda que la poesía apenas puede nombrar.

Todos ellos convergen, sin embargo, en una misma intuición: la belleza no es un accidente. Es el signo visible de un orden invisible. Leonardo da Vinci nos recuerda que conocer no consiste únicamente en explicar, sino, ante todo, en aprender a mirar.

La lectura que Clara Janés realiza en Leonardo da Vinci: El hombre, la naturaleza, la mirada recupera esa dimensión contemplativa en la que ciencia, arte, filosofía y poesía participan de una misma búsqueda. Desde Aristóteles hasta María Zambrano, pasando por Goethe y Leibniz, se mantiene viva una intuición común: el asombro despierta la atención, la atención descubre la belleza y la belleza revela la armonía profunda de lo real.

Tal vez ése sea el legado más actual de Leonardo, haber comprendido que el universo no es una suma de objetos dispersos, sino una totalidad viva e inteligible cuya coherencia sólo se revela a quienes conservan la capacidad de asombrarse.

Para quienes admiramos a Leonardo da Vinci, la lectura de Clara Janés supone una invitación a contemplarlo desde una nueva perspectiva. Más allá del genio universal,

aparece el hombre que buscó en la belleza, la proporción y la armonía las huellas de una unidad profunda que da sentido al mundo.

La armonía revelada

  • Asombro para
  • mirar, silencio para
  • entender;
    la belleza abre el
  • camino, la armonía
  • deja ver.
  • En el número y la
  • rosa, en la estrella y el laúd,
  • una música
  • secreta
  • va conduciendo a la Luz.
  • Y el alma escucha en las
  • cosas, más allá de su
  • apariencia,
  • el rumor de una
  • Presencia, origen de
  • toda belleza.

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