Mi hijo desayunó galletas porque llegábamos tarde al colegio. ¿Soy una mala madre?

Por La Mala Madre

Respuesta corta: no. Solo eres una madre que descubrió que la puntualidad también es un nutriente esencial.

Ahora vamos con la respuesta larga, porque la culpa maternal es muy aficionada a las novelas de varias temporadas. La escena probablemente fue algo así: suena el despertador, lo apagas. Suena otra vez, lo ignoras. Cuando por fin miras el reloj descubres que vais con el tiempo tan ajustado que ni los equipos de Fórmula 1 se atreverían a tanto. Empieza entonces la operación «Llegar al colegio antes de que cierre la puerta». —¿Dónde está el uniforme? —No quiero ese pantalón. —No encuentro un zapato. —Quiero hacer caca. —No quiero hacer caca. —Ahora sí quiero hacer caca.

Y de repente miras la mesa del desayuno y entiendes que no hay tiempo para avena ecológica, fruta cortada en forma de estrella y un zumo recién exprimido. Hay galletas. Muchas galletas. Benditas galletas. Tu hijo se come tres mientras tú le peinas con una mano y firmas una autorización escolar con la otra. Y entonces aparece ella. La culpa.

La misma que te hace pensar que todas las demás madres preparan desayunos equilibrados, practican mindfulness a las seis de la mañana y elaboran menús semanales escritos con rotuladores de colores. La realidad, sin embargo, suele ser bastante menos cinematográfica. Porque la maternidad no consiste en hacer todo perfecto todos los días. Consiste en resolver problemas continuamente con los recursos disponibles. Y algunas mañanas el recurso disponible es una caja de galletas.

¿Es el desayuno ideal? Probablemente no. ¿Va a arruinar la alimentación de tu hijo para siempre? Tampoco.

De hecho, si analizamos la situación con rigor científico, tu hijo consumió hidratos de carbono, llegó al colegio a tiempo y nadie acabó llorando en el aparcamiento. Estamos ante una mañana razonablemente exitosa. Existe además una ley no escrita de la maternidad que dice que cuanto más te esfuerzas en preparar un desayuno saludable, más probabilidades hay de que el niño lo rechace. Puedes dedicar veinte minutos a preparar tostadas integrales con aguacate, fruta fresca y yogur natural para escuchar después: No tengo hambre.

Sin embargo, basta con abrir un paquete de galletas para que aparezca un apetito digno de un adolescente después de un partido de fútbol. Misterios de la infancia.

Lo importante es recordar que la alimentación se construye a lo largo del tiempo, no en una sola mañana caótica. Los niños no crecen gracias a un desayuno perfecto. Crecen gracias al conjunto de miles de comidas, abrazos, rutinas, conversaciones y cuidados que reciben cada día. Y si alguna vez te descubres pensando que eres una mala madre porque una mañana hubo galletas en lugar de fruta, intenta hacerte esta pregunta: ¿Tu hijo fue al colegio alimentado, vestido, querido y acompañado por alguien que estaba haciendo lo mejor que podía? Si la respuesta es sí, puedes guardar la culpa en un cajón. Y quizá también comprar otro paquete de galletas para emergencias.

Nunca se sabe cuándo volverá a sonar tarde el despertador.

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