Por Francisco J. Sánchez
Hay lugares que no se visitan, parecen leerse y deslizarse entre nuestras manos como una de esas novelas que se cobija al calor de nuestro corazón. Pedraza, Villa medieval, vetusta y encaramada en su promontorio segoviano, pertenece a este tipo de destinos. Especialmente cuando la estación otoñal baña con su luz y sus ocres las fachadas pétreas y las calzadas antiguas. Pasear por sus calles supone deslizarse por un libro que pareciera haberse quedado abierto al albur del tiempo y del eterno visitante.
La entrada a la Villa: comienza la lectura
Cruzar el arco de la Puerta de la Villa es lo más parecido a pactar con el silencio y con el paso del tiempo una tregua para dejar tu presente cotidiano y adentrarte en la memoria que guardan sus muros. Aquí se enamoraron Unamuno y Camilo José Cela, y no de mujeres precisamente, sino del trasiego de sus gentes y de la memoria que cada rincón emanaba. Plantas trepadoras, los ocres de las calizas y las piedras bruñidas por el sol otoñal dieron pie a un imaginario que ambos escritores plasmaron en algunos de sus libros. Cela describió con hermosura y precisión didáctica la Plaza Mayor del pueblo en su novela Judíos, moros y cristianos (1956); no en vano, en este libro de viajes el Nobel se desliza con su prosa afilada y minuciosa por las tierras de Segovia y Ávila.
Unamuno dedicó varios años de su vida a recorrer los pueblos fortificados y silenciosos de Castilla y no cabe duda de que Pedraza aparece reflejada en su particular visión de una tierra atemporal de cielos infinitos y paisajes de piedra ocre y gris. Los diferentes ensayos sobre las tierras castellanas y su exigente libro Por tierras de Portugal y de España recogen una melancolía sutil y casi embriagadora de las rutas infinitas que ofrecen pueblos como Pedraza, un ofrecimiento igual de sincero y desinteresado que el amor de una madre.
La Plaza Mayor, soportales y fachadas desafiantes al tiempo
Alcanzado este punto, el libro hecho pueblo ya se torna una necesidad. Sus gentes, su color, su aroma a pan de tahona y aceite recién licuado ya se habrán colado en las ganas de conocer más y más, como ocurre con un buen libro. En Visiones y comentarios, Unamuno describió magistralmente la silueta medieval sobre el horizonte otoñal e infinito castellano. Fueron Juan de Contreras y Juan Gregorio Lascano quienes quedaron vinculados al libro Pedraza, donde recogieron la atmósfera literaria que ha envuelto al pueblo desde sus orígenes. Y no es para menos: los soportales de una madera centenaria que casi cruje al paso del visitante como delatando un sentir casi humano estremecen el alma de todo viajero.
El castillo y su legado artístico
Las casas blasonadas, herencia perpetuada de una España medieval y feudal, forman el pasillo perfecto para enfilar hacia uno de los emblemas de Pedraza: su castillo, observador romántico de los designios del pueblo, enhiesto vigilante del valle que embauca y mece el paisaje castellano que rodea a Pedraza. El pintor Ignacio Zuloaga adquirió la fortaleza en 1925 rescatando todo su patrimonio y evitando que se quedara anclado en un pasado bisoño y áspero, dando a conocer la riqueza medioambiental y patrimonial de un entorno que fascinó durante décadas a toda la Generación del 98. Entre los muros y las paredes del castillo, el libro del otoño se abre sin secretos ante el visitante y sus panorámicas desde lo alto son postales perennes que quedarán unidas por el resto del viaje a las costuras del corazón.
Tras haber visitado Pedraza y haber transitado por unas calles que parecen clamar una biografía a cada paso, tras una incursión leve o extensa por los miradores del Valle del Cega y, sobre todo, tras impregnarse de una bruma otoñal y medieval en cada rincón de esta tierra castellana, el visitante amará sin pretexto y sin ataduras estos lares bañados de luz y de un sol otoñal y único.
