jueves, mayo 23, 2024

Pequeñas pinceladas (o brochazos) sobre la magia en el Antiguo Egipto

Por Hipólito Pecci

“…La muerte tocará con sus alas a todo aquel que ose despertar el sueño eterno del faraón”.

Según todos los indicios George Edward Stanhope Molyneux Herbert, V Conde de Carnarvon, había sufrido la picadura de una “mosquita” (los machos no “pican”, ya que no se alimentan de sangre) en el Valle de los Reyes, la cual se infectaría a raíz de un
corte mientras se afeitaba, originando un paulatino debilitamiento que finalizaría con una septicemia, y que derivó en una neumonía.

¡Nada mejor para engendrar una maldición como una buena muerte, que se hacía realidad el cinco de abril de 1923, cuando la vida de nuestro Lord Carnarvon, una de las primeras personas que había penetrado en la tumba de Tutankhamon llegaba a su fin! ¡Qué más se podía pedir!

Los periódicos y magazines de la época, amén de algún que otro escritor devoto de estos temas, como Sir Arthur Conan Doyle, se hicieron eco de este suceso y propagaron a los cuatro vientos el poder de la “Maldición de Tutankhamon”.

Podemos ser católicos, musulmanes, judíos, budistas, ateos, etc., pero en la actualidad, creo, que la inmensa mayoría de nosotros claramente separamos magia de religión, exceptuando, quizás, algunas creencias y prácticas religiosas que se recogen, por ejemplo en los rituales de vudú, chamanismo, santería, etc. Pero ¿esta afirmación es real?

No obstante, por muy avanzados que nos creamos, multitud de personas temen pasar por debajo de una escalera, y, ¡hay de nosotros si se nos cruza un gato negro!, y si vestimos alguna prenda de color amarillo…¡ya ni hablamos! Posiblemente, todos estos temores son reminiscencias del pasado, evocaciones ancladas en nuestra naturaleza que, inconscientemente, han ido pasado de generaciones en
generaciones, y es por ello por lo que, en un número muy alto de la población (y yo me incluyo) portamos alguna pieza como “amuleto”, tenemos un número de la suerte, etc., que se encontrarían impregnados con un hálito de magia que, de alguna manera, pudieran ejercer un efecto protector sobre nosotros.

Baste recordar la multitud de fetiches que poseían los egipcios como forma de alejar el mal o propiciar el bien, y que ya se localizan desde el período Predinástico en el interior de la inmensa mayoría de las momias, adoptando numerosas formas.

En el antiguo Egipto, la población normalmente tenía que enfrentarse al rigor del paisaje, el clima, es decir, a los poderes desconocidos que formaban parte de la naturaleza, al Gran Río, o al desierto que les rodeaba, cargado de todo tipo de riesgos y de animales, muchos de ellos altamente peligrosos.

Es así como, gradualmente, a través de la observación y de la búsqueda de diversas justificaciones con las que poder explicar la existencia de estos sucesos y fenómenos enigmáticos, crearon todo un inventario, un catálogo que conformó la base de la magia egipcia.

Los moradores de las riberas del Nilo se referían a la magia con una expresión, “Heka”, vinculada a una fuerza primordial que permitía controlar a otras energías de la naturaleza, del universo y con ellas, intervenir en el mundo que les rodeaba.

Asimismo, se convertía en un vehículo con el que poder ponerse en contacto con los dioses, a través de los conocimientos adquiridos con el estudio y la experiencia, además de estar relacionada con algunos aspectos del más allá, de tal forma que, la persona que era docta en esta materia era conocido como “Hekau”, es decir, aquellos que se encontraban investidos o conocían la Heka.

Igualmente, existían diversas divinidades vinculadas a este arte, a esta ciencia, a esta creencia, como el mismo dio Heka, el cual ya se hallaba desde el mismo instante en que se produjo la creación, o una de las grandes deidades, Isis, “La Grande en Magia” “La Gran Maga”, autora de la resurrección de su hermano y esposo, Osiris, que había sido asesinado y descuartizado en catorce trozos por su hermano Seth, además de ser la única en conocer el nombre secreto de Ra, circunstancia que la llevó a obtener numerosos atributos y poderes.

Porque el nombre estaba cargado de simbolismo, ya que era uno de los elementos, que junto al cuerpo, a la sombra, al alma, al doble y al espíritu conformaban la persona, y sin la existencia de un nombre se pasaba a ser “no persona”, es decir caías en el olvido.

Es por ello que en la tumba se plasmaba decenas de veces en puertas, muros, e incluso se pedía que fuera pronunciado por las personas que visitaban los enterramientos. “…Di mi nombre y viviré eternamente…”.

Pero, siempre existía la amenaza de su desaparición, ¿cómo?, ejecutando aquella práctica conocida como “Damnatio memoriae” o “condena de la memoria”, consistente en la eliminación de todo aquello referente al difunto, haciendo desaparecer de todos los
espacios la cara y el nombre tallados o pintados, y por tanto, condenándole a una segunda muerte y al vacío eterno.

Junto a estos elementos, los egipcios contaban con diversos mecanismos con los que enfrentarse a sus aprensiones, a sus miedos y a sus enemigos, por ejemplo, las conocidas como “figuras de execración”, imágenes modeladas, quizás a semejanza de las de vudú, en donde brotaban textos con nombres de enemigos, y sobre los que se practicaban rituales que ayudaran a eliminarlos o vencerlos.

Estos pasajes o citas, conocidos como “Textos de execración”, de igual forma, se plasmaban en objetos cerámicos, que, posteriormente, eran despedazados, y, a continuación todos ellos se enterraban en lo que se conoce como “depósitos de execración”.

Pero no todas las efigies que se modelaban tenían este fin, podría decirse que destructivo, puesto que en el interior de las sepulturas era común toparse con otras representaciones mágicas cuyo objetivo era el de facilitar la “vida” al propietario de la tumba, por medio de sus servicios y su trabajo.

En el más allá todo no iba a ser tan fácil, y no se trataba de estar ocioso durante todo el día, así que, como se suponía que era un fiel reflejo de aquello que se había dejado atrás, el difunto no tenía más remedio que realizar su actividad laboral, y ahí entraban en acción los “ushebtis” “los que responden”, pequeñas estatuillas elaboradas en diferentes materiales, lapislázuli, fayenza, madera, etc., dependiendo del potencial económico del dueño, y cuya función era, obviamente la de realizar el trabajo duro.

Bueno, como dice el título, el texto, indiscutiblemente, no es un tratado exhaustivo de magia.

Pretende ser únicamente eso, un pequeño sendero para abrir un camino si estáis interesados en el tema, que ya, de por sí es suficientemente interesante.

Recomiendo un libro bastante bueno cuyo autor es Javier Arries: Magia en el Antiguo Egipto: Maldiciones, amuletos y exorcismos.

http://www.reflejosdelpasado.com/

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