Raquel García Ceballos: «Cuando el cuerpo se agota, la mayor victoria es ser honesta»

Por Sandra Cuenca/ Fotos cedidas por Raquel García Ceballos.

Raquel García Ceballos, la mujer que hizo del Himalaya su hogar y de la resistencia su lenguaje, anuncia su retirada. Lo hace con la honestidad de quien prefiere darse la vuelta antes de dejar de disfrutar, abrazando una nueva cima: la de su propia paz

Hay deportistas que parecen inmortales hasta que el silencio de la montaña les devuelve el reflejo de su propia vulnerabilidad. Deportistas que miden su éxito en medallas, y otros que lo miden en horizontes. Raquel García Ceballos, la primera mujer en el mundo en ascender el Quelccaya, el glaciar tropical más grande del planeta situado en Perú, es alguien que sabe perfectamente cuánto pesan mil seiscientos kilómetros de soledad, nieve y cultura en lo más alto del mundo. Raquel ha realizado expediciones por el Himalaya, donde se convirtió en la primera española en cruzar la Cordillera caminando en 2019 y fue la que nos enseñó que la verdadera cima no es el final del viaje, sino la transformación que ocurre mientras lo caminas.

En principio, mi conversación con ella parece destinada a cerrar círculos, pero la sensación es otra completamente diferente y es cuando recuerdo nuestras charlas anteriores. En 2022, Raquel me decía con la determinación de quien no conoce el cansancio: «Me gustaría seguir dedicándome a esto toda la vida«. En 2025, su discurso evolucionaba hacia una madurez poética: «Mi sueño ahora es seguir soñando«, pero el destino tiene sus propios tiempos. En aquel entonces, ya asomaba una sombra de duda sobre una expedición para este 2026, un reto inédito y salvaje del que ella misma decía: «Lo haré dependiendo de mi cabeza; ese reto sería como para retirarme después«. Raquel no ha ido al Himalaya esta vez; ha bajado a los valles de su propia realidad para decir adiós.

El pacto del cansancio

Muchos atletas se retiran cuando la mente se rinde, pero en el caso de Raquel, el aviso llegó desde los huesos. «Esta vez empezó por el cuerpo. Tengo 52 años y lógicamente no vuelves a los 20«, nos cuenta con una sinceridad que desarma. «Mi cuerpo se ha cansado, y aunque mi cabeza iba en contra y me pedía tiempo, al final se han dado la mano. Ganó el cuerpo«, añade.

Raquel confiesa que ya no le apetece pasar sufrimientos, ni fríos extremos, ni entrenar un año entero bajo el granizo o el sol abrasador. Hay una honestidad casi física en sus palabras cuando recuerda que, en su segunda expedición, llegó a dejar hecho el testamento. «Se lo pasé a mi hermana. Yo sé a lo que voy y ya no me apetecía arriesgarme tanto«. La decisión no trae alivio ni vértigo, sino una punzada de frustración: «Me da rabia no poder, porque no es que no quiera, es que no puedo«.

«Estoy igual de orgullosa de las cimas que de las veces que supe darme la vuelta»

El error como lección y la soledad del referente

García Ceballos reflexiona sobre su legado con un punto de melancolía. Se siente como cuando ves el reportaje sobre «el último herrero» de un oficio que se acaba. «Hay alpinistas, hay escaladoras, hay maratonianas… pero expedicionarias mujeres, de las de mochila pesada y meses de aislamiento, apenas quedan y me da pena que no haya relevo«. Al mirar atrás, si pudiera hablar con la Raquel que empezaba, le daría un consejo que le habría ahorrado mil bofetadas: «No abarques más de lo que no puedes hacer«. Recuerda con humildad cómo se lanzó a un 6.000 en el Himalaya sin haber pasado por los 5.000: «Desde el sofá de casa todo se ve muy fácil, pero ahí me llevé una bofetada enorme. Hay que ser coherente y humilde«.

Se siente orgullosa de las cimas, sí, pero también de las veces que supo dar la vuelta, especialmente cuando arriesgó más de la cuenta. Porque la montaña no solo es gloria; es la soledad extrema de una choza de chapa en Nepal, sufriendo tres gastroenteritis seguidas, conviviendo con las Anis (monjas budistas) y debatiendo si pulsar o no el «botón rojo» del SOS. «Eso no se olvida, aunque no salga en los documentales«. Ese silencio, esa vulnerabilidad extrema, es lo que realmente moldea el carácter. «Todo lo que he vivido en la montaña lo traspaso a mi vida real. Sirve para todo: desde retirarte a tiempo hasta insistir en lo que quieres«.

La mochila invisible: el peso de los patrocinios

A menudo pensamos que lo más difícil de una expedición es la falta de oxígeno, pero para Raquel, lo que más pesaba en la mochila no eran los crampones ni el saco de dormir, eran los patrocinadores. «Sientes la obligación de darles un feedback, de que todo salga bien porque te han apoyado. Por eso creo que no he disfrutado plenamente ninguna de mis expediciones«, confiesa con una sinceridad que pocos deportistas se atreven a mostrar . Esa presión, sumada a la percepción social, ha hecho el camino más empinado. «A un hombre no se le juzga por qué se retira; se mira todo lo que ha hecho. A una mujer siempre se le busca la razón: familia, hijos, debilidad… nunca es bastante«.

«Quiero contar las vivencias que no salen en las crónicas deportivas»

El nuevo camino: Arte, rutas y un libro pendiente

Raquel deja las expediciones, pero no la montaña. Su vida ahora corre en paralelo por los senderos: señalizando rutas, dando ponencias y explorando su faceta como pintora de «arte consciente» para niños y adultos. Ha puesto su bandera en nuevas conquistas personales que antes eran incompatibles con el entrenamiento de élite.

Y hay un proyecto que nos hace especial ilusión: el libro, ese proyecto que su hermana le reclama y que ella misma necesita volcar en papel tras años de postergarlo. Raquel siente que es el momento de escribir sus vivencias, pero no solo los logros deportivos, sino las historias humanas que han quedado fuera de foco. «Quiero escribir esas historias que no salen en las fotos pero que son las que realmente te cambian la forma de ver la vida«.

«No me alejo de la montaña; sigo en los senderos y en el arte consciente»

Raquel hoy no busca metros de altitud, sino firmas para la investigación de enfermedades, una lucha que asume con la misma tenacidad con la que cargaba su mochila. Entre sus manos ya no hay piolets, sino pinceles; su energía se vuelca ahora en sus talleres de arte consciente, donde enseña que la verdadera montaña está dentro de uno mismo. Se retira la expedicionaria, pero nace la voz de una mujer que, tras conquistar el techo del mundo, ha descubierto que lo más difícil – y lo más hermoso- es aprender a caminar sobre el llano sin dejar de ser valiente, decidiendo que su mayor reto ahora es, simplemente, «ser feliz sin tener que demostrarle nada a nadie«.

Si quieres saber más sobre Raquel García Ceballos os invitamos a que visitéis su web www.baseacima.com

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