Rebeca García, médico especialista en salud hormonal: «las dietas excesivamente restrictivas no son inocuas, cuando el porcentaje de grasa corporal desciende el cuerpo puede interpretar que no dispone de energía”

Redacción

La adolescencia es una etapa de profundos cambios en la que el organismo todavía está aprendiendo a encontrar su equilibrio. No se trata solo de un periodo de crecimiento físico, sino también de una fase en la que el cerebro, los ovarios, el sistema hormonal y el metabolismo continúan madurando a gran velocidad. En ese contexto, “la alimentación deja de ser un simple acompañamiento de la salud para convertirse en uno de los factores que más pueden influir en el correcto desarrollo hormonal”, explica la doctora Rebeca García.

En su consulta, la especialista observa cada vez con más frecuencia adolescentes que llegan con menstruaciones irregulares, reglas muy dolorosas, acné persistente, cansancio o cambios importantes de humor. Son síntomas que pueden tener múltiples causas y que no siempre responden a un mismo problema, pero sí dibujan, en conjunto, una realidad cada vez más habitual. García advierte de que “una dieta basada de forma repetida en productos ultraprocesados, bebidas azucaradas, refrescos energéticos y un aporte insuficiente de determinados nutrientes puede dificultar todavía más que el organismo alcance ese equilibrio hormonal propio de esta etapa”.

Por ello, insiste en la importancia de construir una dieta variada y suficiente, que incluya proteínas de calidad, grasas saludables y una presencia regular de frutas, verduras y alimentos ricos en micronutrientes clave. Entre ellos menciona el hierro, el zinc, el magnesio y las vitaminas del grupo B, esenciales en procesos como la síntesis de hormonas, la ovulación, la producción de energía y el buen funcionamiento del sistema nervioso. También recuerda el valor de alimentos como el aceite de oliva virgen extra, el pescado azul o los frutos secos, que aportan grasas de buena calidad y forman parte de un patrón de alimentación más favorable para esta etapa.

La especialista recomienda además moderar el consumo habitual de azúcares y harinas refinadas. Según explica, “los picos repetidos de glucosa e insulina pueden interferir en la regulación hormonal y, en adolescentes con cierta predisposición, favorecer alteraciones como el síndrome de ovario poliquístico o empeorar problemas dermatológicos como el acné”. No es una cuestión de prohibiciones absolutas, matiza, sino de evitar que la base de la alimentación se apoye en productos que desplazan a los alimentos que el organismo necesita de verdad.

En el extremo contrario, García advierte de que “las dietas excesivamente restrictivas tampoco son inocuas”. Cuando el porcentaje de grasa corporal desciende demasiado, el cuerpo puede interpretar que no dispone de energía suficiente para sostener la función reproductiva. Esa señal de alarma puede traducirse en alteraciones del ciclo menstrual, reglas muy escasas o incluso la desaparición temporal de la menstruación, una respuesta que a menudo pasa desapercibida porque se normaliza bajo la idea de que “comer menos” equivale a “comer mejor”.

No obstante, la doctora subraya que el objetivo no debería ser alcanzar una alimentación perfecta ni generar preocupación constante en las familias. Al contrario, insiste en que la nutrición debe entenderse como una herramienta de salud cotidiana, no como una fuente de culpa. Pequeños cambios sostenidos en el tiempo —incorporar más comida real, reducir ultraprocesados, regular horarios y mejorar la calidad de los platos— pueden tener un impacto muy positivo en el bienestar hormonal de las adolescentes.

Como conclusión, García recuerda que la menstruación debe entenderse como un indicador más del estado de salud general. “La regla es un signo vital”, resume, al defender que aprender a escuchar el ciclo y cuidar el organismo a través de una buena alimentación supone invertir en la salud no solo durante la adolescencia, sino también en la vida adulta. Esa mirada, dice, ayuda a quitar dramatismo, pero también a no banalizar señales que pueden estar avisando de un desequilibrio de fondo.

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