Tres mujeres y un imperio: La herencia invisible del poder y la evangelización de América

Por Carlos Matilla Reyes del Pulgar

En este artículo tratamos de la forma, memoria y conciencia en la monarquía hispánica a través de tres figuras femeninas; hay vínculos relativos al poder que no hacen ruido, no se anuncian en el gesto ni quedan fijados por completo en la memoria de los acontecimientos. No dependen de la proclamación, ni siquiera de la victoria, son, más bien, como hilos tensos que no se ven y, sin embargo, sostienen el tejido entero de una época.

Entre los siglos XV y XVI, ese hilo firme, continuo, casi imperceptible atraviesa tres vidas: Isabel I de Castilla, Isabel de Portugal y Juana de Austria. No forman una genealogía explícita del poder; y, sin embargo, entre ellas se despliega una misma transformación, el poder que se afirma, se sostiene y finalmente se interioriza.

En la declarada Sierva de Dios en su proceso de canonización Isabel la Católica, el poder aparece como una unidad indivisible de voluntad y orden. No gobierna simplemente, redefine qué significa gobernar. Las crónicas de Fernando del Pulgar la presentan como una reina cuya autoridad se funda tanto en la firmeza como en la conciencia, el cronista la retrató con precisión moral: “Era mujer de gran esfuerzo y de corazón constante, no vencida de trabajos ni mudada por fortuna”. Y añadió, como si definiera un principio de gobierno: “Fue muy inclinada a justicia, y tanto que la tuvo por principal virtud de reinar”.

En la mirada humanista de Pedro Mártir de Anglería, esa virtud adquiere dimensión europea: “Reina de ánimo varonil, prudente en consejo y constante en ejecución”. Mientras, Lucio Marineo Sículo amplía su visión: “No inferior a los reyes en juicio ni en autoridad”.

En la poesía cortesana, Juan de la Encina advierte un orden armónico:

“Mas vale virtud y seso
que linaje sin bondad;
que la reina con verdad
rige el mundo con su peso,”

Cuando en 1492 se firman las Capitulaciones de Santa Fe, no se autoriza únicamente un viaje. Se instituye una forma de expansión en la que soberanía, misión y responsabilidad quedan unidas desde su origen: “Vos damos poder… para que seades nuestro Almirante… e Visorrey e Gobernador…

Pero esa misión es solo política, pero también espiritual. Desde el inicio, la empresa americana queda vinculada explícitamente a la evangelización. En las instrucciones a Nicolás de Ovando se establece:

“…procuraréis que los indios sean instruidos en nuestra santa fe católica…”
y, de forma decisiva:
“…que se conviertan… sin fuerza ni violencia…”

Al mismo tiempo, la Corona interviene directamente sobre su estatuto jurídico:

“…mandamos que los dichos indios sean libres y no sujetos a servidumbre…”

Y en su testamento, la reina fija el principio rector de toda la política de Ultramar:

“Que no consientan ni den lugar que los indios… reciban agravio alguno… mas que sean bien y justamente tratados.”

Evangelización y justicia quedan así unidas desde el origen. América se convierte en el lugar donde esa unión se pone a prueba, se gobierna y se evangeliza. Y, en ese gesto, el poder se obliga a sí mismo.

En el gobierno de Isabel de Portugal, la evangelización deja de ser impulso fundacional para convertirse en tarea estructural. Durante su gobernación, el imperio se consolida. Y en ese proceso, las provisiones dirigidas a las Indias insisten:

“…tendréis especial cuidado de que los indios sean instruidos en las cosas de nuestra santa fe católica…” y simultáneamente:“…que sean bien tratados… y no reciban agravio…”

En el contexto de las nuevas conquistas americanas, se ordena además:

“…que en la gobernación de aquellas provincias se guarde justicia y orden… y se eviten excesos…”

E incluso dentro del sistema de encomiendas:

“…que los encomenderos no excedan… y se modere el servicio de los indios…”
Evangelizar, gobernar y limitar el abuso se convierten en funciones inseparables.
América deja de ser misión inicial.

Gobernar en ausencia del Cesar Carlos exige una virtud distinta, no es tanto imponerse como sostener, y ella lo hace con una naturalidad que desconcierta.

Aquí resuena aunque transformada, la idea de gobierno que aconsejaba a su abuela Fray Hernando de Talavera:

“El príncipe ha de ser más padre que señor.”

En isabel de Portugal, ese principio se vuelve práctica cotidiana. Su corte, refinada y sobria, no busca el brillo sino la medida. Pero hay un episodio que revela mejor que cualquier tratado la profundidad de su influencia, su óbito en 1539.

San Francisco de Borja, hijo del duque de Gandía y sobrino de Alejandro VI, acompañó junto al infante Felipe su cuerpo hasta Granada. Al abrir el feretro, en su cometido como notario contempló el rostro corrompido de quien habia sido simbolo de belleza y poder. Aquel dramatico momento, provocó un cambio sustancial en la orientación de su vida y pronunció unas sentidas palabras:

“Jurar que es Su majestad no puedo, pero juro que fue su cadaver el que se puso aquí. Como tambien juro no volver a servir a señor que se me pueda morir”.

Ese excelso sentimiento manifestado por San Francisco de Borja, representa el grado maximo el amor y admiración de la corte y el pueblo por Isabel de Portugal.

Con Juana de Austria, ese proceso alcanza su forma más madura. El imperio está plenamente articulado. La evangelización ya no depende sólo del impulso misionero, sino de la coherencia del orden que la sostiene. Desde la regencia se ordena:

“…que los pleitos de las Indias se despachen con brevedad…”y,“…que se administre justicia rectamente, así a españoles como a naturales…”

La fe se integra en la estructura jurídica. Pero al mismo tiempo, el movimiento del poder cambia de dirección. Mientras el cristianismo se expande en América, el centro del poder se interioriza en Europa.

Su vida, atravesada por la pérdida y la responsabilidad que, opera una transformación interior ante un mundo que es de afirmación política, pero tambien de exigencia espiritual.

La presencia de San Francisco de Borja reaparece, pero transformada, ya no es el hombre de corte que acompaña, sino el religioso que ha atravesado la corte y ha salido de ella, aunque su influencia se deja sentir, por el vinculo casi paternal que habia tenido junto a su esposa fallecida Leonor de Castro en Juana de Austria. El ingreso de Juana en la Compañía de Jesús con un nombre ficticio masculino “Mateo Sanchez”, porque en la orden jesuita nunca se ha permitido en ingreso de mujeres, introduce la lógica del examen interior y es una clara influencia de San Francisco de Borja en la Corte.

San Francisco de Borja, convertido en confesor y consejero espiritual de Juana de Austria, tuvo que abandonar la corte y establecerse en Évora, por la falsa acusación de mantener relaciones ilicitas con la regente. Nunca regreso a la corte establecida en Valladolid y de Portugal viajó a Roma, donde años despues fue designado General de la Orden Jesuita y después de su fallecimiento canonizado como San Francisco de Borja, quien dedicó a Juana de Austria en 1561 unas sentidas y poeticas palabras:

“Católica Majestad como no sentiría mi alma de ver que han sido parte de lenguas de hombres para escupir ponzoña y mezclar rejalgar en los manjares, donde la verdad y la lealtad pusieron las manos y se aderezaron al fuego de tanto amor y reverencia. Y como no lloraré con sangrientas lágrimas que, vivan en el mundo personas que a truco de subir ellas un escalón más alto y de alcanzar su humanas pretensiones y de que ninguno en la privanza se les ponga delante, no teman abatir la verdad, ni atropellar la justicia. Digo, que nunca me temí, ni imaginé, que hombres a quien jamás ofendí, antes les hice buenas obras, como ellos saben, pudiesen acabar consigo que para desviarme a mí de la vuestra majestad, artificiesen tales invenciones; si no pretendían más que ausentarme de la corte, más breve y más barato lo hubieran negociado conmigo.”

Juana de Austria una vez apartada del gobierno, con el regreso de su hermano ya como el rey Felipe II, consolidó el proyecto que venía de su etapa lisboeta, con el consejo de San Francisco de Borja, la fundación del Monasterio de las Descalzas Reales.

Fray Luis de León lo expresa con precisión ese sentimiento que manifiesta Juana de Austria:

“¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido!”

Si se recorren estas tres vidas, lo que aparece no es una sucesión, sino un movimiento continuo: el poder que se afirma como misión la evangelización, se sostiene como equilibrio y gobierno, y se interioriza como forma y conciencia. Y en ese movimiento, la mujer se convierte en eje silencioso de continuidad.

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