Un presidente con dudas

Por Javier Cuenca

Paolo Sorrentino ya había retratado con desigual acierto las peripecias de dos presidentes emblemáticos (cada cual en su estilo) de la República italiana en Il Divo (2008) y Silvio (y los otros) (2018), y parece culminar ahora con “La Grazia” una suerte de trilogía sobre jefes de Gobierno italianos enfrentados a vicisitudes varias, aunque en esta ocasión haya decidido inventarse uno y de paso alumbrar su mejor película desde la fastuosa La gran belleza (2013). Tal cual.

“La Grazia”

Dirección: Paolo Sorrentino

Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano

Género: Drama

Duración: 133 minutos

Mariano De Santis, que así se llama el ficticio mandatario que protagoniza este filme, está a punto de abandonar su cargo de presidente de Italia. Pero antes debe tomar dos decisiones importantes: firmar una ley de la eutanasia y el indulto de dos reclusos: una mujer que ha matado a su maltratador marido y un profesor que puso fin a la vida de su esposa enferma de Alzheimer.

Aunque es apremiado por sus compañeros de gobierno y por su hija, una jurista que ejerce como su asesora, para que firme ambos decretos, De santis, convencido católico practicante, tiene dudas y aplaza cuanto puede tan importantes decisiones. Mientras tanto sigue echando de menos a su esposa, su gran amor, fallecida siete años atrás, a quien le habla a veces en intensos monólogos, mortificado a la vez por no saber con quién pudo serle ella infiel en el pasado.

Sorrentino ha construido una obra reflexiva, melancólica, porosa, deslumbrante, donde se habla y se duda, y también se calla, en la que todo funciona con admirable precisión. “La grazia” tiene una poderosa narrativa y una escritura admirable, donde el realizador italiano vuelve a hacer gala de ese estilo suyo, tan audaz y a la vez tan clásico, desprovisto de apostillas o añadidos innecesarios.

Para ello vuelve a contar, y ya van unas cuantas películas, con ese actor titánico llamado Toni Servillo, cuya complicidad con el realizador parece a estas alturas más que evidente. El actor vuelve a mimetizarse con un personaje, otro político, y también ya van unos cuantos, logrando un trabajo lleno de contención y magisterio interpretativo, redondeando así una película que discurre por la pantalla con la cadencia y la mesura que requiere una obra de tal calado. Magnífica.

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