lunes, mayo 20, 2024

Una noche de fiesta y mil historias que contar II

Texto: Sabrina Bouzas

Somos optimistas, y aunque en la medida de lo posible, bastante realistas, constantemente pecamos de inocencia. Era una noche en la que todo parecía estar a nuestro favor, en la que, bajo nuestro punto de vista, todo marchaba sobre ruedas, pero una vez más… qué ingenuidad la nuestra.

Debe ser que nuestros gustos rozan la exquisitez, o que por el contrario son gustos de los más comunes y habituales, porque como podemos comprobar, compartimos fijación de miradas con los mismos objetivos.

Sin mostrar preocupación, ni demostrar la más mínima alteración, continuamos con nuestra noche idealizada. Terminamos de bailar y cantar a voz en grito «Princesas» de Pereza, otra de nuestras canciones favoritas y que en este momento no nos puede representar de mejor manera. Cogemos nuestras chaquetas, un paquete de tabaco y el mechero, y con la cabeza bien alta sin perder detalle de ninguna de las jugadas, nos dirigimos al exterior para fumar un cigarro, comentar la noche con palabras además de con miradas, y asentar las bases de la jugada.

Cinco minutos de tomar aire, consejos y retroalimentación de la una con la otra. Vamos saludando a todo conocido que pasa por delante de nosotras, terminamos de fumar el cigarro, y levantándonos de la terraza al compás, abrimos la puerta para continuar con la fiesta. Hacemos una primera parada en el baño para retocar, nos miramos al espejo entre dos, tres y cuatro veces, nos comunicamos que estamos perfectas, y volvemos a dirigirnos a nuestra anterior ubicación. Comienza a sonar El Nano de Melendi; apresuradas nos quitamos las chaquetas, las posamos en la cabina del dj, y eufóricas como la canción nos convierte, cantamos y gritamos sin parar de disfrutar.

Estamos completamente en sintonía con la canción, el ambiente y la situación, la puerta no se termina de abrir y cerrar y cada vez estamos más apretados. Llega un grupo numeroso de personas, nuestras amigas y buenos conocidos, y entre ellos uno de los chicos con los que tengo un pasado y me mantengo en duda con el presente.

Mis amigas están al tanto de la situación, y con nuestras miradas ya han entendido mi nerviosismo por no saber hacia dónde mirar. A mi derecha se encuentra el chico por el que suspiro, y junto a mi espalda el chico que haciéndome dudar me mantiene en vilo.

Mi amiga, mi álter ego, me agarra de la mano, y sin soltarme me recuerda que Amor de verano de Magic Magno (nuestra canción) está sonando a todo volumen sin parar. Por un instante me concentro en acompañar el momento, pero cuando una mano se posa sobre mi hombro derecho, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. El par de segundos que tardo en darme media vuelta se me hacen eternos, porque a pesar de no tener ojos en la nunca, sé perfectamente quien está tratando de llamar mi atención.

Me giro dignamente, y aparentando llevarme una sorpresa, disimulo mis pensamientos con una bonita sonrisa sobre la que oculto mis nervios. Cariñosamente me saluda, y tras soltar un par de bromas y algún que otro guiño, por la fijación de una mirada recuerdo la presencia de mi suspiro.

Con muchos nervios, pero con cierta adrenalina, corto la absurda conversación que no me está llevando a nada, y cogiendo a mi amiga de la mano le hago un gesto con el que pido un respiro. De nuevo cogemos nuestras chaquetas, el paquete de tabaco y un mechero, y sin soltar nuestras copas nos volvemos a dirigir a la terraza. Nos sentamos, y tras un respiro profundo, mirando fijamente a los ojos de mi amiga digo: “madre mía…”.

Con la situación, mi reacción, y las dudas que mi amiga sabe que me abordan, tengo bastante clara la conversación que se va a dar. Las preguntas me bombardean sin cesar de manera muy clara y directa, con la única intención de hacerme pensar con un poco de claridad para tratar de enfocarme en un único camino. Mi cabeza va a toda velocidad y mi cabezonería no baja la guardia. Presto completa atención a los consejos de mi amiga y trato la conversación con la importancia que considero se merece, pero sin querer pensar mucho más y conociendo mi impulsividad, decido dejarme llevar esperando a que la noche me sorprenda.

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