jueves, marzo 30, 2023

Botargas y mascaritas esparcen fertilidad a la tierra del Ocejón

Redacción

Tras un año de suspensión y otro de celebración con restricciones, volvía a sonar el cuerno de toro anunciando la llegada, por el camino del Tirador, de las botargas, que luego recogieron a las mascaritas, en la que es una de las más bonitas tradiciones del carnaval en Guadalajara, declarado Fiesta de Interés Turístico Provincial

Treinta y ocho años se cumplieron ayer desde que un grupo de voluntariosos almiruetenses recuperaron la tradición del carnaval en la localidad, perdida con la emigración de los pueblos desde los años sesenta.

Algunos de aquellos chavales, que entonces frisaban la treintena, se encargaban ayer y en estas semanas, pasados ya los setenta, de que nada se olvide, y de velar por el perfecto desarrollo de esta celebración que algunos califican abiertamente de milenaria, informando a los centenares de visitantes y pidiéndoles que no se cruzaran en el camino de los botargas, porque no ven bien con las máscaras, y porque tienen mal café y llevan un buen garrote.

Las botargas se visten siempre en un lugar secreto. No tardan poco, puesto que además de confeccionar sus máscaras con mucho tiempo de antelación, cada año son nuevas y siempre buscando texturas o hechuras que les unan de una u otra manera a la tierra, completar la indumentaria, no es nada sencillo.

El lugar elegido para hacerlo este año ha sido el Alto de San Sebastián. Una vez que Miguel Mata, precisamente uno de los veteranos del 85, hacía sonar el cuerno de toro a la altura de la Fuentecilla y su pilón redondo, en el monte resonaban los cencerros de los botargas.
Mientras, en el pueblo, centenares de personas trataban de adivinar por donde iban a bajar, con sus móviles en las manos hasta que por fin, los vieron resaltar de blanco entre las jaras, serpenteando, por el camino del Tirador. Así llegaron al Camino del Lomo, donde se pusieron las máscaras tapando por completo sus rostros. En su mayoría, son los niños de aquellos veteranos, que ahora enseñan lo que aprendieron a sus propios vástagos.

Precisamente por ‘La Puentecilla’, y más concretamente en su fuente redonda de la que sale un agua clara y fresca que dicen es estupenda para el riñón, empezaron las cuatro vueltas que le dan al pueblo, haciendo sonar, todos a un tiempo, sus cencerros. El paso que llevan tiene algo de militar, puesto que no es nada fácil conseguir que suenen los cencerros, y mucho menos, que lo hagan a la vez. El recorrido por las calles de Almiruete es el mismo, en sentido contrario a las agujas del reloj, tal y como llegan las borrascas al Ocejón para fertilizar sus faldas. “A ver si vuelve alguna, que lleva tiempo sin llover”, pedían los botargas veteranos, en nombre de la tierra que empieza a estar reseca.

A la altura de la calle Atienza, para verles pasar, por primera vez, entre las casas con tejados de pizarra negra se agolpaban ya cientos de visitantes. Las botargas siguieron, a continuación, por la Iglesia, y la calle de la Fuente Nueva, para bajar, por la Cuesta del Pilar, hasta la Plaza Mayor, que circundaron en un par de ocasiones todos juntos. Desde allí, reiniciaron el circuito. En la tercera vuelta, los botargas recogieron a las mascaritas, que se habían vestido en un lugar igualmente secreto, que resultó estar en una de las casas de la fuente nueva, cerca de la Iglesia y lugar de paso.

Botargas y mascaritas se emparejaron, y ya juntos, dieron otras dos vueltas más, por el mismo recorrido, al caserío del pueblo. En la última, esparcieron por la plaza las pelusas y el confeti, y con unas y otro, los buenos augurios y el deseo de buenas cosechas y buen año en general en la tierra del Ocejón.

Mientras caía esta imaginaria lluvia de la fertilidad que es la pelusa, los botargas, cometiendo una pequeña maldad, ensuciaron la cara de las mujeres que no se habían vestido con tizne de la sartén. En total fueron en torno a cuarenta almiruetenses de todas las edades, los que se vistieron de botargas y mascaritas.

El alcalde de Tamajón, Eugenio Esteban, acompañó, un año más, esta celebración, una de las más tradicionales y sentidas del carnaval en Guadalajara, y que por eso es Fiesta de Interés Turístico Provincial.

Para la tarde, quedaban el somarro, la panceta y el chorizo, que, acompañados de buen vino, almiruetenses y acompañantes degustaron en la plaza del pueblo hasta agotar existencias, siempre al son de la música de la dulzaina y el tamboril, y de la charanga, para rematar la fiesta. A última hora de la tarde, hicieron acto de presencia otros dos personajes del carnaval de Almiruete, como son la vaquilla y el oso.

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