“Electra jonda” en Mérida

Por Alejandra Torray

Voy a entrar al Ambigú para presentar a nuestro invitado de hoy y… ¿qué me encuentro? La puerta cerrada a cal y canto.

—¡Qué raro! —pienso—. Valentino ya debe de estar dándole a la coctelera.

Sabe que el invitado de hoy, Anselmo Gervólés, artista, figurinista y escenógrafo, está a punto de llegar y que el público empieza a entrar en menos de media hora. Pero, según voy pensando esto, escucho voces que vienen de dentro de la sala. Varias voces; una, muy profunda, jonda, entona una seguiriya acompañada de una guitarra, acallando los murmullos anteriores. No queda ahí la cosa: de pronto, un zapateado.

—¡Anda! ¿Pues no se escuchan castañuelas? ¡Valentino! ¡Valentino! —empiezo a gritar al tiempo que golpeo la puerta.

Valentino se acerca a abrirme y le digo:

—¿Pero qué es este cuadro flamenco que tenemos montado aquí?

Valentino me mira con indolencia y me dice:

—¿Y qué le hacemos? Estos son los suyos. ¿No está usted en esta compañía? Son los de Electra Jonda. A mí me han venido unas señoras productoras, de PTC Producciones me han dicho que eran… y que eran ellas quienes habían pactado que hoy el ensayo de Electra se hacía en el Ambigú.

—Ah, sí, míralas. Son Olvido, Natalia y Lola —pienso yo, observando que andan ocupadas con sus números.

Y me digo:

—¿Pero esto lo han pactado con quién? ¡La madre que las parió! El Ambigú es un bar, no una sala de ensayos.

Cuando me dice Valentino:

—¡Calle, calle! Que yo se lo agradezco. Han hecho muy bien; aquí pueden ensayar ustedes divinamente. Mire qué bien canta esta chiquilla: Teresa Hernández se llama.

Ya me he enterado de todo. Pues resulta que hace el papel de Casandra que, más que hablar, canta la tragedia. Y a la guitarra está el maestro José Luis Montón.

¡Qué manejo tiene este hombre! Para tocar así hay que vivir pegado a una guitarra y tener mucho talento, ¿no cree usted?…

Carolina Lapausa es Electra.

Bueno, el caso es que Casandra —la cantaora— sale siempre a escena con el Ciego, que en la obra es su padre, y lo interpreta el magnífico Juan Gea, quien “ayuda” con sus actos a resolver la trama y a desencadenar la tragedia. A su vez, parece que tiene, o ha tenido, algo con María Garralón, que interpreta al Aya, siempre fiel, y testigo, a su pesar, de la ruina de la casa.

¡Ay, lo que me ha gustado a mí siempre esta mujer! Desde Verano azul, fíjese, que me enamoré de ella.

—Pues normal, siempre ha sido guapísima; pero no sigas con la obra, porque yo esta función ya me la sé.

—¡Ah, claro! Pues cuénteme el argumento.

—No, Valentino, el argumento no se cuenta. Te vienes a Mérida a vernos el fin de semana que libras.

—Bueno, pero igual, si me dice de qué va, voy más informado.

—Mira al fondo de la sala, ¿ves?…  Allí tienes al equipo de dirección: Manuel Canseco, Aitana Galán y Cristina Palomo. Acércate y que te lo cuenten ellos, anda.

—No, no. Yo no voy, que a mí ese señor me impone mucho. Estaban los actores en escena ensayando su papel y no paraba de tomar notas y de chascar los dedos.

—Tú tranquilo, Valentino. Eso son cosas nuestras. Nos lo hace siempre, pero luego es muy simpático, de verdad. Ve y que te explique cuál es su idea de la función; que te cuente su propuesta, anda.

2026.-Festival-Teatro-Electra-Jonda-cartel.

Y ahí va, tímidamente, Valentino, y da con Cristina.

Valentino.—¿Oiga, usted es del equipo de dirección, no?

Cristina.—Sí, ¿por?

Valentino.—¿Podría decirme de qué va la obra?

Cristina.—¡Uy! Mejor pregúntale a Aitana, que es la adjunta de dirección. Yo lo siento, pero es que me tengo que ir a comprar unos canastos, seguir buscando una silla de montar a caballo que me está volviendo loca y ayudar a Gervólés con las pruebas de vestuario. Y encima no duermo; y, cuando lo hago, sueño con las escenas de la obra. En fin… Que voy de cabeza.

Valentino.—Pues mire, por aquí viene mucho Alberto Closas. ¿Lo conoce? Él monta mucho a caballo; creo que puede ayudarle con la silla.

Cristina.—¡Anda, Alberto! Tiene usted razón. Claro que lo conozco; ahora mismo lo llamo.

Valentino se aleja buscando a Aitana, pero no da con ella porque esconde la cabeza tras un ordenador. Seguramente está desesperada, rellenando el papeleo necesario para poder llevar a cabo cualquiera de los montajes por los que lucha. Pero justo al darse la vuelta, como desistiendo de su intención, tropieza con Manuel Canseco.

Manuel.—¡Qué bien me viene encontrarle! ¿Sería usted bueno y me daría un vaso de agua? Estos actores me desesperan: ¡todos pidiendo!… ¡Y venga a pedir! No me dejan respirar; sequito me tienen.

Valentino.—¡Pues no faltaba más! ¿Y usted me haría el favor de contarme de qué va la obra que ensayan?

Manuel.—Pues mire, de qué va no se lo voy a decir; mejor va usted a Mérida. Pero lo que se va a encontrar es un gran texto que nos cuenta la tragedia de Electra trasladada a nuestros tiempos, ambientada en un cortijo de Andalucía.

Edición de la obra para Mérida

Valentino.—Tenga, su agua. Estoy viendo que el argumento no me lo va a contar nadie, pero voy pillando cosas. ¿Y todas esas bailaoras y bailaores?

Manuel.—Gracias por el agua. Me voy, que tengo que seguir con el ensayo.

Yo, que me estaba acercando, oigo la pregunta de Valentino.

Yo.—Ellos son El coro, que en vez de hablar se expresa con el baile. Son la a. Ibérica de Danza. Y aquel señor de amplia sonrisa y gesto afable es el gran coreógrafo, Manuel Segovia. Ya ves que este espectáculo tiene de todo: palabra, música en directo, cante y baile.

Valentino.—¡Qué bonito es verlos bailar! ¡Y con esa ropa que llevan! ¡Qué maravilla! Por cierto, ¿sabe usted dónde anda el figurinista?

En estas se acerca Aitana y, oyendo la pregunta de Valentino, contesta:

—Acaba de llamar, está ultimando uno de los figurines y no va a poder estar en el Ambigú. Os manda alguna foto y contestará lo relativo a esta función, pero no tiene mucho más tiempo.

Valentino.—¡Vaya! Pues yo quería saber algo de cómo van vestidos, de lo que se ve en escena. ¡Y se va a perder mi Manhattan!

Aitana.—Otro día será. Hoy, Anselmo os contestará por teléfono desde el taller.

Yo.—(Llamando por teléfono). Anselmo, por favor, te grabo mientras me cuentas cómo es el vestuario y la escenografía que has concebido para la función, que Valentino quiere saberlo y habrá que explicárselo también al público.

Anselmo.—La función se ha situado en los años cincuenta del siglo XX, en una Andalucía rural. Se ha intentado que el espectáculo sea bastante limpio de elementos, jugando con una paleta de colores negros, grises, ocres, marrones y metalizados como el oro, el bronce y el cobre. En Mérida solo habrá atrezo que compondrá los diferentes espacios del cortijo donde se sitúa la obra: unos fardos de paja, mesas, sillas, burladeros… Luego, para su posterior estreno en Madrid, en los Teatros del Canal, se contará con unos bastidores que jugarán al fondo para crear distintos espacios. En cuanto al vestuario, tenemos al coro unificado con un toque flamenco, a diferencia de los personajes de la función, en quienes los figurines reflejan la personalidad de cada uno para una mejor comprensión.

Figurines Gervolés y confección en el taller de Carlos Bravo.

Yo.—Me está preguntando Valentino que si te hace ilusión ir a Mérida.

Anselmo.—Dile que sí, porque, a pesar de haber trabajado mucho con una compañía extremeña, nunca he llegado a estrenar nada en el monumento.

Yo.—Pues mira, ya somos dos, porque yo tampoco. Es mi primera vez en Mérida y para Carolina Lapausa (Electra) también lo es. Oye, Anselmo, gracias. Te dejamos seguir, que sabemos que vas a contrarreloj.

Valentino.—(Robándome el teléfono). Ya vendrá usted a contarnos más cosas cuando pasen ustedes el estreno de Electra Jonda, ¿eh?

Cuelga y me pregunta:

—¿No son ustedes muchos? ¿Cuánta gente lleva esta obra de teatro?

Yo.—Sí, somos un porrón. No es lo habitual ver ya una obra de teatro con tanto artista junto. Somos veintidós en escena, entre actores, bailarines, cantaora y guitarrista, pero detrás ni te cuento. Además de los que ya has visto u oído, falta todo el equipo técnico, que es importantísimo: son quienes crean la magia de la luz y el espacio sonoro, y se encargan de la utilería, la sastrería y de que todo esté coordinado. Lo que ocurre es que no te los puedo presentar hoy porque están en el teatro montando. Un día los traemos a todos y que te cuenten. Te va a encantar saber en qué consisten sus trabajos y lo fundamentales que son para que un espectáculo salga bien.

De aquí solo me queda por presentarte al resto de actores: aquellos dos que están muertos de risa con los móviles, creando gifs y stickers eróticos sobre la función, son Daniel Migueláñez (Orestes) y César Lucendo (Egisto). El primero es un treintañero renacentista que no para de escribir, interpretar… Y el segundo tampoco se está quietecito, no; pero luego sacarán tiempo para probar tu Manhattan, eso seguro.

Valentino.—¡Tienen pinta de salaos! Pero veo que les está ayudando la señorita Carolina (Electra).

Yo.—Ya veo, ya. Muy estricta ella en la obra; pero, en cuanto se quita el rosario… ya no es tan recta. Seguro que se apunta también al cóctel. Y aquellas son Paula Colorado (Crisótemis) y Ainhoa Molina (el Niño), que también se quedan al Manhattan. Son lo más bonito e inocente de toda la obra. Y te dejo, que me llama el director para ensayar. Ve preparando esos Manhattan, que enseguida venimos.

Mérida

Valentino.—Ahora voy, y brindaré por  esta   Electra Jonda de Juan Guerrero Zamora e iré a verles seguro. En Mérida nos vemos del 8 al 12 de julio. ¡Mucha mierda!, como dicen ustedes.

Yo- Gracias, Valentino

Valentino ¿Oiga, estoy yo loco o no paro de oír una flauta como de afilador? No sé si me explico…

Yo- Sí, no está usted loco no, es la flauta de Juan Gea. A afilar cuchillos no sabemos si ha aprendido; pero lo que es a tocar la flauta… parece del gremio de toda la vida.

Valentino se va sin entender nada  a preparar los cócteles.

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