I Swear (Incontrolable) – Reír, llorar y entender

Por Nicolás Pérez

Hay películas que llegan con la humildad de quien no necesita anunciarse. No desde un cartel de metro, ni desde la portada de ninguna revista. Llegan de otra forma: alguien —un amigo, tu hermana, esa persona que siempre acierta— te manda un mensaje que dice: ve a verla, no te cuento nada. Y eso es todo. Y es suficiente. Porque hay algo en I Swear (Incontrolable) que hace que quien la vea no pueda guardarla para sí mismo. Necesita compartirla. Necesita que otros la vean también.

I Swear (Incontrolable) es un drama biográfico protagonizado por Robert Aramayo que cuenta la historia real de John Davidson, un hombre con síndrome de Tourette. Desde su adolescencia, marcada por el rechazo y la incomprensión, hasta su vida adulta, la película muestra cómo transforma su lucha personal en una labor de concienciación y activismo, dando visibilidad a una condición poco entendida. La película no es una película de despachos. No es de esas que nacen de decisiones ejecutivas disfrazadas de decisiones artísticas, donde el dinero habla más alto que la historia. Es todo lo contrario: una película hecha desde las tripas y corazón, con la convicción de quien sabe que lo que tiene entre manos vale más que cualquier presupuesto. Lo que tiene es algo difícil de fabricar: te hace feliz. Durante lo que dura, el mundo de fuera desaparece y te encuentras completamente inmerso, sintiendo al personaje muy de cerca, preocupándote por John Davidson y deseando, casi sin darte cuenta, que todo le salga bien.

Y es una película que te hace reír de verdad —no la risa educada que le concedes a las comedias mediocres, sino carcajadas tras carcajadas en alto que no te esperas—, que cuando menos te lo imaginas te devuelve la sonrisa. Pero también es una película de cimientos dramáticos, que se construye alternando comedia y drama. No te hunde en la tristeza como esas películas que confunden tristeza con profundidad. Incontrolable sabe cuándo soltar, cuándo respirar. Ese equilibrio entre la comedia y el drama no es un accidente: es la marca de un guion que entiende que la risa y el llanto no son opuestos, sino dos formas que tiene la vida de decirte que algo importa.

Robert Aramayo llevaba años siendo un actor que, por sus pequeños papeles en sagas destacadas, hacía pensar que merecía mucho más. Aquí lo tiene todo, y responde como solo lo hacen los grandes cuando les dan espacio de verdad: con una actuación sin red, sin artificio, sin un solo momento falso. Ganando a actores de la talla de Leonardo DiCaprio, Ethan Hawke o los recientemente galardonados Timothée Chalamet y Michael B. Jordan, Robert Aramayo se impuso sobre todos ellos en los BAFTA. No me muerdo la lengua al decir que se merece todos los premios habidos y por haber: está en un absoluto estado de gracia. A su alrededor, un reparto que quizá no nos resulte tan conocido, pero que irradia una calidez y una ternura que nos hace sentir dolor y sonreír de lo reales que parecen. Un reparto casi milagroso.

Es de esas películas que, cuando terminan, te dejan mirando la pantalla en negro unos segundos, sin moverte, con Oasis sonando de fondo, pensando: qué bien que existe esto. Y luego coges el teléfono y le escribes a alguien: ve a verla, no te cuento más.

Una cinta obligatoria para poner en todas las carreras de actuación por sus increíbles interpretaciones, en clases de guion y dirección por su vasta efectividad manejando tonos, y en todas las casas del mundo por su mensaje tan importante.

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