Los hábitos “inofensivos” que están dañando tu salud sin que te des cuenta

Por Inés López Navarro

En nuestro día a día, repetimos conductas casi sin darnos cuenta: comer mirando el móvil, pasar mucho tiempo sentados, dormir menos de lo necesario o estar pendientes de las redes sociales constantemente. Son hábitos que pueden parecer insignificantes, incluso inevitables. Sin embargo, varios estudios demuestran que estas rutinas pueden conllevar efectos negativos que afectan a nuestra salud física y mental a largo plazo. Lo preocupante es que, al ser tan cotidianas, muchas veces pasan desapercibidas hasta que el malestar se vuelve evidente.

Uno de los hábitos que más se está normalizando es el sedentarismo. La digitalización del trabajo, las clases online y el ocio relacionado con las pantallas han provocado que las personas pasen más tiempo sentadas que nunca. Estar mucho tiempo sin moverse no solo genera molestias físicas, como dolor de espalda o rigidez muscular, sino que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y trastornos metabólicos.

Además, la falta de movimiento también se relaciona con síntomas de ansiedad y depresión, ya que la actividad física está muy relacionada con el estado de ánimo. La buena noticia es que no es necesario un duro entrenamiento para acabar con estos efectos: 30 minutos al día de actividad física moderada, caminar más en trayectos cotidianos o realizar estiramientos pueden mejorar notablemente la salud.

Otro comportamiento muy frecuente es el “emotional eating”, o comer para gestionar emociones. Muchas personas recurren a alimentos con azúcar y grasas cuando están tristes, estresadas o ansiosas. Esto se debe a que estos alimentos generan un alivio inmediato, pero pasajero. Comer sin hambre puede provocar un consumo excesivo de calorías, aumento de peso y un sentimiento de culpa.

La falta de sueño se ha convertido en algo cotidiano para muchas personas. Ya sea por exceso de trabajo o por uso de dispositivos electrónicos antes de dormir. Privarnos del sueño reduce la concentración y debilita nuestra capacidad para afrontar retos diarios. Tener horarios regulares, mantener la habitación a oscuras y limitar el uso de pantallas antes de dormir son medidas que puede ayudan a mejorar el descanso.

Aunque los dispositivos tecnológicos facilitan muchas actividades, un uso excesivo tiene consecuencias negativas. Provoca cansancio en la vista y dolores de cabeza. Emocionalmente, la exposición continua a estímulos inmediatos genera dificultad de concentración.

Algo que solemos descuidar es la salud mental. A veces convivimos con niveles de estrés muy altos, autoexigencia y pensamientos negativos y no consideramos buscar ayuda para solucionarlo. Practicar actividades que nos hagan disfrutar, tener relaciones sociales de calidad, aprender a expresar cómo nos sentimos y pedir apoyo profesional, son pasos esenciales para cuidar nuestra salud mental.

Aunque todo esto pueda parecer abrumador, la solución no es hacer cambios drásticos en tu día a día, sino añadir pequeñas y constantes acciones a tu rutina diaria. Beber más agua, hacer actividad física diaria, reservarte un tiempo sin pantallas y comer equilibrado son gestos sencillos que, mantenidos en el tiempo, dan grandes resultados.

Es importante tener en cuenta que la mayoría de estos hábitos están relacionados entre sí. Por ejemplo, pasar demasiadas horas sentado va acompañado del uso de pantallas, lo que a su vez genera cansancio mental y afecta a la calidad del sueño. Cuando dormimos mal, solemos recurrir a alimentos calóricos para obtener energía rápida, y estas elecciones también influyen. Con todo esto, se crea una especie de circulo vicioso en el que cada hábito potencia al siguiente, y romperlo puede ser complicado si no ponemos esfuerzo. Por eso, es importante introducir cambios graduales en varios ámbitos a la vez. Aunque parezcan ajustes mínimos, su efecto acumulativo tiene un gran impacto en el bienestar general y en la prevención de problemas de salud a largo plazo.

En definitiva, mejorar nuestra salud empieza por prestar atención a esos gestos cotidianos que damos por sentados. Muchas veces actuamos en modo automático, sin detenernos a pensar cómo afectan nuestras decisiones diarias a nuestro bienestar. Reconocer esos patrones es el primer paso para transformarlos. No se trata de alcanzar la perfección, sino de avanzar poco a poco, incorporando cambios realistas que podamos mantener con el tiempo. Cuando cuidamos nuestros hábitos con constancia, el cuerpo y la mente responden: mejoramos la energía, el ánimo y la calidad de vida de una forma profunda y duradera.

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