Redacción.
Historia, interiorismo, bienestar y alta cocina conviven en esta casa palaciega de Las Presillas, convertida en uno de los alojamientos más especiales del norte de España.
Nada más cruzar sus puertas, sientes que el presente queda momentáneamente fuera. El sonido de los pasos sobre la piedra, las maderas antiguas, los retratos, las telas y los objetos procedentes de otras épocas construyen una atmósfera capaz de transportarte varios siglos atrás. En Helguera Palacio Boutique & Antique no se ha recreado el pasado como si fuera un decorado: se habita, se toca y se contempla desde la intimidad de un hotel contemporáneo. Es una pequeña cápsula del tiempo escondida entre el verde de los Valles Pasiegos, allí donde el paisaje cántabro parece avanzar a una velocidad diferente.
El edificio fue levantado en el siglo XVII por el conde de Santa Ana de las Torres, miembro de la influyente familia Ceballos, cuyo relato familiar estuvo ligado al Virreinato del Perú. Su fachada de piedra, sus escudos, sus arcos y sus muros de sillería recuerdan todavía el carácter señorial con el que fue concebido. Siglos después, la interiorista Malales Martínez Canut y José Antonio Revuelta recuperaron el inmueble para transformarlo en un hotel de cinco estrellas que abrió sus puertas en 2021 y que hoy forma parte de Relais & Châteaux.
La rehabilitación ha respetado la identidad de la construcción sin convertirla en una pieza inmóvil. Las vigas, los suelos y la arquitectura histórica dialogan con tejidos suntuosos, papeles pintados, muebles europeos, lámparas, esculturas y objetos recogidos en anticuarios y mercados de distintos países. El resultado no responde al minimalismo habitual de muchos hoteles de lujo, sino a un interiorismo rico, personal y deliberadamente escenográfico, en el que cada estancia parece esconder una historia.
Y ahí reside una de las particularidades del proyecto: el palacio funciona también como un anticuario vivo. Las piezas no permanecen necesariamente para siempre en el mismo lugar. Muebles, vajillas, cristalerías, objetos decorativos y antigüedades pueden adquirirse, de modo que una butaca francesa, un enfriador de caviar del siglo XIX o unas copas de Murano pueden abandonar el hotel para continuar su historia en otra casa. Cuando algo se vende, otra pieza ocupa su lugar y la decoración vuelve a transformarse.

Once habitaciones, once relatos
El hotel cuenta únicamente con once habitaciones, todas diferentes y bautizadas con nombres de personajes que forman parte del universo histórico y familiar del palacio. Dormir en el Duque de Wellington, el Regente Gabriel Císcar, la Virreina de Nueva España o el Conde de las Torres supone escoger también una estética y una narración distintas. Hay antiguas caballerizas con acceso directo al jardín, suites con chimenea y balcón, dormitorios abuhardillados, camas con dosel, mobiliario europeo del siglo XVIII y espacios de lectura concebidos para prolongar la sensación de retiro.
Fuera de las habitaciones, el palacio invita a practicar un lujo cada vez menos frecuente: disponer de tiempo. Los salones permiten detenerse a leer o conversar sin mirar el reloj; los jardines, atravesados por hortensias, azaleas, rododendros y jazmines, se abren hacia más de seis hectáreas de terreno; y las zonas de descanso permiten contemplar el perfil de los Valles Pasiegos desde el silencio. No hace falta llenar la agenda: aquí la experiencia consiste precisamente en pasear, sentarse, observar cómo cambia la luz o dejar que una tarde transcurra junto a la piscina.
El bienestar ocupa uno de los espacios más especiales del conjunto. La zona wellness reúne piscina interior y exterior, hidromasaje con vistas al valle, chimenea, sauna, baño turco, tratamientos y un gimnasio equipado con tecnología Nohrd. La piscina infinita parece prolongarse hacia las colinas cántabras, mientras que el interior permite seguir disfrutando del agua cuando el clima se vuelve más íntimo. En invierno, el contraste entre la piedra histórica, el fuego y el agua caliente convierte el spa en uno de esos lugares en los que el exterior deja de importar.

Trastámara: de Cantabria a Perú
La experiencia continúa en Trastámara, el restaurante del hotel. Bajo la dirección del chef peruano Renzo Orbegoso Hinojosa, la cocina cántabra se encuentra con técnicas, ingredientes y recuerdos de Perú, recuperando de algún modo los antiguos vínculos del palacio con el Virreinato. Los pescados y mariscos procedentes de la lonja de Santander y del Mercado de la Esperanza conviven con el ají amarillo, el ají panca, los ceviches o el tiradito; mientras que productos como la vaca tudanca, los tomates de temporada o los pimientos de Isla mantienen la propuesta anclada al territorio.
El comedor comparte la personalidad estética del resto del palacio: paredes enteladas, una chimenea del siglo XVII, vajillas de distintas procedencias y objetos que también pueden cambiar de propietario. Por la mañana, el desayuno a la carta prolonga el ritmo pausado de la estancia con elaboraciones caseras y mermeladas preparadas con cítricos del propio jardín. Al caer la tarde, la experiencia puede continuar con una copa de vino elaborado para el palacio o con un cóctel frente al paisaje. Más que un servicio complementario, Trastámara se convierte así en otro capítulo del viaje.
Cuando llega el momento de marcharse, el Palacio de la Helguera deja la extraña sensación de haber conocido un lugar difícil de clasificar. Es hotel, refugio, anticuario, casa histórica y mirador sobre la Cantabria más verde. Pero, sobre todo, es una invitación a recuperar una forma de viajar más lenta: aquella en la que el alojamiento no funciona simplemente como punto de partida, sino que se convierte en el verdadero destino.